La historia de Jese Owens y Lutz Long: el deporte que eleva



Ángel Andrés Jiménez  •   

En los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, durante la prueba de salto de longitud, tuvo lugar una bella historia, de esas en las que se abrazan el deporte y los grandes valores que dan sentido a la vida (vamos, lo que debería ocurrir siempre).

Jesse Owens, atleta estadounidense de raza negra y uno de los principales favoritos para el título, llevaba dos nulos y estaba a uno de quedar eliminado. Lutz Long, atleta alemán de raza blanca (en aquella Alemania de Hitler) y también uno de los favoritos, se acercó a Owens para decirle que no hacía falta que arriesgara tanto y que debía saltar desde un poco más atrás para clasificarse sin problemas para la final. Y así sucedió.

En dicha final, Owens se llevó la medalla de oro y Long la de plata, y el atleta alemán fue el primero en felicitar al americano dándole un abrazo.
Años después, Jesse Owens, que en aquellos Juegos obtuvo cuatro medallas de oro, afirmó: “Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de veinticuatro quilates que hice con Lutz Long en aquel momento”.

Verdaderamente, el deporte puede servir para sacar de nosotros nuestra versión más valiosa: la del encuentro humano sincero; la del corazón abierto y el espíritu elevado; la de la competencia que se ajusta al honor y a la hermandad.

Me encanta esta visión del deporte y creo que es la que debemos ofrecer a los jóvenes para ayudarlos en su camino vital, en su camino de felicidad.


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